viernes, 1 de septiembre de 2017

Relato parte 23: Taeva. Los reinos Akhatiros

     
     
Cuando Taeva llegó a su casa dejó la capa colgada en la entrada y se quitó las botas mojadas para subir descalza hasta su cuarto. Cuando se despidió de su amiga se había quitado el libro de entre los pliegues de su falda y lo había mezclado con el resto que llevaba en su bolsa, así que lo sacó de allí y antes de sentarse sobre la cama se quitó la falda con los bajos mojados y la dejó sobre el arcón a los pies de su cama. Se sentó sobre la cama con una camisa de dormir blanca y abrió el libro por la primera página:


                                 Diario de un viaje a tierras likianas
                                             Maruto Paliárbol

    
     Tenía veinticinco ciclos cuando la Academia me mandó como embajador a tierras del norte. La misión era encontrar información sobre los cristales de Kesiah,. Llevaba una carta que iba dirigida a un tal Karlion Taen, jefe de uno de los clanes likianos que se encontraba al norte de los territorios. No tenía ni idea de qué decía la carta pero me dijeron que se trataba de una misiva de cortesía para empezar a tener tratos de comercio con los likianos de Karlion. Con esa excusa podría recabar información sobre los cristales que tanto llamaban la atención a los eruditos de la Academia. Por aquel entonces hacía apenas tres ciclos enteros estacionales que me había unido a Maryan y el viaje no era lo que yo esperaba pero era importante para la Academia y acaté la resolución del resto de los Ancianos del Consejo de profesores.
     Maryan no vio con buenos ojos que me marchara lejos y durante meses a una misión peligrosa pero le consolé diciendo que andaría con cuidado y que si me pasaba algo la Academia se haría cargo de ellos.
     Marché con el corazón triste, dejando a mi mujer y mi hijo de tres ciclos atrás, pero con la esperanza de que mi misión pudiera llevar algo de luz a los interrogantes que teníamos de las tribus del norte.
     Mi partida comenzó una radiante primavera. Con mi capa de lana gruesa, mi macuto cargado de comida, espada, unas monedas y un caballo fuerte y resistente me alejé de Halian. Tenía conocimientos de combate y sabía mucho de plantas curativas así que iba bastante confiando en salir airoso de la misión. La idea inicial había sido que el viaje debíamos ir dos profesores pero pensaron que uno pasaría más desapercibido en el camino.
     Tardé siete soles en llegar hasta el Paso Primavera de las cordilleras Turak Nak, paso que permanece abierto desde principios de primavera hasta finales de verano gracias al deshielo. Durante el paso no me encontré a ningún viajero y pude recorrer toda la cañada a mis anchas. Se hablaban de desprendimientos de rocas pero era poco probable encontrarme con ese peligro si no era un día lluvioso y no fue ese mi caso, al menos en la ida hacia el norte. El paso, descrito por algunos viajeros, se tardaba toda una mañana en cruzar porque se caminaba lento a causa de las piedras que tapaban algunos tramos del paso, incluso en algunos tramos caían pequeños riachuelos desde la altura que el suelo no podía filtrar del todo, y el barro cubría una gran parte de los laterales del camino. Riachuelos que me ayudaron a abastecer mi bota de agua para no pasar sed a falta de la misma más adelante.
     Hice noche cuando salí de la cañada, apartado del camino y sin hacer fuego por temor a ser descubierto por algún otro viajero malintencionado. Aquella noche pasé frío. El estar bajo las montañas en las cuales aún quedaban restos de nieve obligaba a encender algo de fuego pero no me atreví Me apoyé la espalda contra una piedra, me arrebujé en el suelo bajo mi gruesa capa y entre escalofríos intenté dormir algo. Fue la peor noche que pasé hasta ese momento. No era la primera vez que me aventuraba a los caminos y dormía al raso pero sí que hacía mucho tiempo y a mi espalda le costó acostumbrase al duro suelo. Arrastré sus dolores dos una semana más.
     El sol asomó en la lontananza como la llama de la esperanza, con la cara de mi Maryan sonriendo y mostrando la mano de mi hijo Atulo para que me levantara a agarrarla con fuerza. Tenía todo el cuerpo cansado pero sabía que tenía que ponerme en marcha así que después de tomar un trozo de pan seco, queso y un trago de agua volví a retomar el camino para continuar viaje.
    No podía cruzar el desierto de Sharan así que lo que tenía que hacer era rodearlo y pasar por territorio likiano. Si tenía un poco de suerte quizás podría encontrarme con alguien del clan e intentar conversar con él. La información que teníamos del clan likiano era de mineros especializados en el metal ukhian y eran bastante cerrados a los extranjeros pero quizás podía tener la suerte de encontrar a alguien más hablador.
     Durante más de diez soles sólo me topé con dos comerciantes que apenas me saludaron al pasar junto a ellos. Tenían carromatos con sus pertenencias y de semblantes huraños y cabizbajos pasaron saludando con la cabeza. Intenté  entablar conversación con ellos, preguntado la dirección de un pueblo pero negaban con la cabeza y seguían su camino sin apenas mirarme. Desanimado por la falta de información que estaba sacando de la tierra likiana decidí parar en una posada junto al camino.
     La posada se llamaba El Cuervo Dos Cabezas y lo regentaba un likiano llamado Eliah , un hombre con una prominente barriga y más calvo que el desierto de Sharan. Tenía un gran tatuaje de dos cuervos sobre la cabeza con las alas extendidas que cubrían toda su calva. Me saludó con una gran sonrisa nada más pisar el lugar y por tres lynn podía disponer de una cama , cena y desayuno. Le dije que sí y me instalé en un cuarto minúsculo, con un catre que parecía limpio pero que quité toda la ropa de encima por miedo a que me picaran las chinches y con la esperanza de que el colchón no tuviera también. Tampoco estaba muy seguro de que mi capa no los tuviera ya. Después de dejar todas las cosas bajo la cama bajé a cenar.
     No había mucha gente, solo dos mesas ocupadas por varios grupos de viajeros, en un salón donde crepitaba en fuego en una gran chimenea de piedra gris.Me senté junto a una mesa cercana al fuego, con la espalda apoyada en la pared de la posada y una muchacha de pelirrojos cabellos me trajo una gran jarra de cerveza negra. Me sonrió y le dijo que enseguida me traería la cena. La cerveza era muy fuerte y estaba caliente, cosa que agradecí. Tras mi primer trago comencé a fijarme en la gente con mayor detenimiento que se encontraba allí. Recuerdo que habían tres mesas ocupadas. Una de ellas constaba de dos hombres con ropajes desgastados, y barbas largas y enmarañadas, bebían y por los gestos parecían tener una pequeña discusión, en otra de las mesas dos hombres y una mujer, comían en silencio sus platos de estofado sin mirar a nada en particular. Me llamó la atención la mujer porque debajo del gorro caía una larga trenza rubia que le llegaba hasta la cintura y que llevaba una cinta purpura entrelazada con el cabello para acabar atándose con el final de la trenza. Nunca antes había visto un color de pelo tan claro en Halian y por eso me detuve a mirarle también el rostro que lo tenía medio tapado por un pañuelo anudado al cuello pero poco pude ver en ella porque estaba de espaldas. Quise ladear un poco el cuerpo para mirarla con mayor detenimiento pero me topé con los ojos fríos de uno de sus acompañantes. Por temor a llamar la atención desvié la vista en otra dirección y apareció a pelirroja portando un tazón con mi parte de estofado.
     Comí en silencio mi estofado acompañado por la cerveza negra y un trozo de pan medio tierno. Estaba contento al fin de poder disfrutar de una comida decente tras tantos soles de viaje y cuando acabé le pedí un poco de licor de endrinas y me acerqué hasta el fuego para sentarme junto a él en un pequeño taburete desgastado. El calor de las llamas aliviaron mi cansado cuerpo. Vi como el grupo de los dos hombres y la mujer dejaban el comedor y también vi como una tercera persona, a pocos pasos de ellos, los seguía sin quitarles la vista encima. Eso me llamó la atención así que,de un trago me terminé mi copa y tras dejarla sobre la repisa de la chimenea decidí seguirlos yo también, pero cuando llegué a los pasillos de las habitaciones habían desaparecido todos. Pensé en volver al comedor a resguardarme del frío junto al fuego un rato más pero al final me decanté por entrar en mi cuarto.
     En mitad de la noche escuché los gritos de una mujer fuera del cuarto, alerta salí descalzo del cuarto con mi espada en la mano y me tropecé con un hombre que salía corriendo. No me dio tiempo a verle bien la cara. Corrí hacia el cuarto del que había salido y vi a una mujer de cabellos rubios de pie en la estancia respirando con dificultad, y me percaté de que estaba en un estado avanzado de embarazo. Me acerqué hasta donde estaba ella y le pregunté si se encontraba bien, ella me miró sorprendida y en vez de contestarme corrió hasta la cama donde estaba uno de sus acompañantes. Después de comprobar que seguía dormido se tranquilizó y corrió hasta el cuarto contiguo donde encontramos al otro compañero también dormido. Habían sido drogados. Quería que me explicara que había pasado, quienes eran, pero no le pregunté nada porque sabía que no me lo diría. En cambio me dio las gracias y me dijo que ya había pasado todo y que se encontraba bien. La dejé tumbada en la cama y me volví a la mía sin que me hubiera aclarado nada. Mi primera suposición era que los estaba siguiendo para robarles algo, ¿lo consiguió? Suponía que sí pero ella no había dicho nada. Ni siquiera sabía como se llamaban ella y sus acompañantes. Todo un misterio.
     Cuando me desperté la mañana siguiente y bajé a desayunar con mis pertrechos al comedor los tres viajeros ya no se encontraban allí. Le pregunté a la chica pelirroja pero me dijo que habían desayunado muy pronto, y se habían marchado. Me quedé algo desolado porque me hubiera gustado ver otra vez a la mujer de aquellos excepcionales cabellos y su rostro cetrino y perfecto. Me recordó un poco a las historias de mujeres mágicas que contaba mi abuelo, de ninfas, elfos y otros seres feéricos.

     Después de desayunar y llenar mis alforjas con nuevas reservas de comida,me despedí de la chica y de Eliah deseándome un feliz viaje y cogí mi caballo castaño en los establos. Castaño, que era así como llamé a mi caballo, me vio y pareció contento. Tenía ganas de seguir viaje, al igual que yo.

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