martes, 22 de agosto de 2017

Relato Parte 22: Arcuo y Seyre. Los reinos Akhatiros


 Seyre miró sorprendido la cabaña de las nak. Estaba echa de madera pero el techo era una gran roca que sostenía un roble de media altura, con las raíces que caían a ambos lados de la roca y tapaban parte de la madera de la cabaña. El árbol no parecía estar sustentado por tierra sino que algunas raíces penetraban dentro de los recovecos de la roca. Si pasabas por allí el refugio podía pasar desapercibido ya que se había mimetizado con el entorno. Era un lugar extraño, perfecto para unas mujeres extrañas. Cuando entró en la cabaña y dejó a Arcuo sobre un camastro se sorprendió de ver que algunas raíces colgaban del techo y otras, las que estaban más próximas a las paredes del hogar de Dulcamara y Pasiflora se hundían en la tierra del suelo. Debían de haber cortado las del centro para poder vivir dentro y dejado las de los lados para que el árbol pudiera tener en sustento de tierra necesario para vivir.
- La cabaña no la construimos nosotras. La encontramos así cuando vinimos al bosque. No sabemos a quien perteneció 
- ¿ Y que pasaría si volviera la dueña?- Seyre pasó la vista por toda la estancia para quedarse con todos los detalles de ella. Era una estancia amplia, con dos camas, una en la pared contraria a la otra. En medio tenían una mesa de madera con unas patas tan finas que parecían a punto de romperse. Detrás de ésta había una chimenea que expulsaba el humo por un hueco sobre el techo que salían por la roca y, supuso Seyre, algo alejada del tronco del roble. Sobre las camas habían varios estantes con botes de cristal llenas de ingredientes pero sin etiquetas identificativas.
- Pues nos mudaríamos- Dulcamara sonrió a Seyre- Ven, come algo, estoy segura de que estarás muerto de hambre. Noto agotamiento en tu cuerpo.
Seyre se acercó hasta la mesa principal donde había una cesta de mimbre llena de frutos del bosque.
- ¿Sólo coméis productos que os da el bosque?
Dulcamara le miró con una mueca de burla . 
- ¿Sabes que no has echo otra cosa que preguntarme? Os hemos ayudado en todo lo posible pero no nos has contado nada de vosotros.
Seyre miró a Dulcamara algo avergonzado por sus palabras. La mujer tenía razón, no había hecho otra cosa que hacerle preguntas una tras otras y en cambio no le había contado el motivo por el cual se encontraba allí los dos. Por el aspecto que tenían no era de extrañar que ya supiera lo que eran pero oírlo de sus palabras era mejor, así que le contó desde su captura hasta su huida de las celdas subterráneas mientras Dulcamara lo miraba atenta y sin pestañear.
- Habéis tenido mucha suerte de poder escapar de allí- dijo seria.
- Los Antiguos se habrán puesto de nuestra parte, al fin.
- De eso quería hablar con vosotros cuando despierte tu amigo. Es importante vuestra misión.
- ¿Misión? Nosotros lo que queremos es volver a nuestros clanes.- ¿De qué estaba hablando aquella mujer? ¿Una misión? ¿Ellos?
- Eso puede esperar. En estos momentos todos estamos en peligro. Los ultinos se están adentrando en vuestras tierras con mayor fuerza. Los clanes del norte no pueden con ellos y vuestras filas se están viendo mermadas por el cansancio y el hambre. Hay mucha desazón entre los vuestros. Al parecer los ultinos se han aliado con el reino del rey Tarosha y ellos les está mandando tropas para conquistaros. Asimismo el rey Aaron está ahora en negociaciones con el reino del rey Togan para convencerlos de que se unan a ellos.
-¿Los jadakan con los ultinos? Eso no es posible, pero si se odiaban por las disputas territoriales que siempre han tenido. De echo los halanos también estaban enemistados con los ultinos. ¿Cómo es posible que se hayan aliado? Teníamos la batalla ganada luchando contra los ultinos porque estaban solos pero si me dices que se han unido a los jadakan y además intentan buscar a los halanos como otros posibles aliados la cosa no pinta bien.
- Pero ahí no acaba todo- el semblante de Dulcamara era de tristeza y abatimiento.- los ultinos se están valiendo de personas mágicas para combatiros.
     A Seyre se le cayó el alma a los pies. Una cosa esa luchar contra personas  pero otra muy distinta era enfrentarse a mágicos.. Sería imposible acabar con ellos. ¡ ¿Pero de donde habían sacado a mágicos para combatir? Por lo general si se descubrían mágicos en las poblaciones se usaba a otro mágico especializado para que les quitara la magia dentro de ellos y así erradicar el posible potencial mágico.
- Las cosas han cambiado mucho desde que os encerraron. Desde hace poco más de dos meses se sabe que el rey Aaros mantenía una Guardia mágica especializada en sus filas. Todos creían que eran humanos pero han resultado mágicos encubiertos y los ha tenido que sacar a la luz porque perdía la guerra contra vuestra gente. Imagina el alboroto que ha supuesto para la gente que había nacido mágicos y les fue arrebatados sus poderes para seguir viviendo en el reino descubrir que el rey tenía a mágicos escondidos. Todas las proclamas de eliminar a la gente mágica por ser infieles a los Antiguos ahora se han visto como una tapadera para encubrir los verdaderos planes del rey: el control absoluto de la gente mágica para sus caprichos.
- ¿Seyre?- exclamó una voz tras el likiano
- ¡Arcuo!- Seyre se levantó y se acercó hasta su amigo que había abierto los ojos de nuevo.- ¿Cómo te encuentras?
- Mejor- Arcuo sonrió
- Descansa, que mañana tenemos mucho de qué hablar.
- ¿Dónde estamos?
- A salvo- Seyre le cogió la mano y notó en mucho mejor estado a su amigo, pero seguía agotado.
- Me alegro- Arcuo se volvió a dormir.
- Gracias- le dio Seyre a Dulcamara.
- Lo que necesitas ahora es un buen baño y una comida más consistente. Toma- Dulcamara le extendió unas ropas nuevas y una pastilla de jabón.- Será mejor que bajes hasta el río y te des un buen chapuzón antes de que se haga de noche. Hablaremos más tarde de lo que necesitas saber.
- Debo de oler horrible.
- Tu lo has dicho- Ducalmara torció la nariz y le pasó la ropa y el jabón, y le dijo donde estaba el río.
Seyre salió de la cabaña algo abochornado al darse cuenta del olor que habían tenido que aguantar las mujeres al encontrarles. De echo, su amigo debía de oler igual y sabía que en cuanto despertase una de las primeras cosas sería darle un buen baño. De momento le tocaba a él así que salió de la cabaña y fue hacia el lugar donde le había indicado Dulcamara.
   















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